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Intermisión: el cuento de Melquíades.

Friday, October 28th, 2011

Estimada persona,

Por motivos de software mayor, Simeonístico está en stand-by por algunas semanas. Todos los personajes le mandan gratos saludos y esperan verle pronto. Mientras tanto, aquí hay un cuento simeonístico de antaño.

 

Melquíades: el humano, el hípico y el canino.

 

Don Melquíades era un granjero que iba a una feria, silbando una canción. Horas más tarde, don Melquíades era un granjero que venía de una feria. Y ahora silbaba otra canción. Y atrás de don Melqui venía un caballo que él se había ganado en un concurso. El noble hípico se llamaba Melquíades y era de buen pedigree aguacatero.

 

Mientras Melquíades y Melquíades iban por el camino, se encontraron con una viejita llamada Melquíades. “No seas tonto, Melquíades”, le dijo Melquíades; “tienes un caballo, ¡móntalo!”. Melquíades no lo pensó dos veces y montó al caballo en su propia espalda. No aguantó mucho trecho así y cambiaron papeles. Para don Melqui, era un lujo ir montado en una espalda de caballo. Para el caballo, era un lujo que don Melqui no pesara tanto.

 

Al rato, llegaron a la colina Melquíades, pero en lugar de rodearla, la subieron, porque Melquíades nunca la había subido. En la cima estaba la tienda Melquíades, que era atendida por su propietario. Su especialidad eran las charamuscas. Afuera de la tienda estaba el perro del señor Melquíades, el propietario de la tienda. Melquíades se compró una charamusca para él y otra para Melquíades, su caballo. “¡Que les vaya bien!”, les dijo el perro, que se llamaba Melandro. Melquíades se asustó al oír hablar al perro y montó de prisa a su caballo, al que le hizo bajar a toda velocidad la colina.

 

Ya iban por el valle Melquíades, muy lejos de la tienda, pero Melquíades seguía arreando a Melquíades para que fuera a todo vapor. Hasta que al fin llegaron a la entrada de Melquíades, el pueblo donde vivía Melquíades. Ahí pararon, dispuestos a recobrar el aliento que habían perdido, uno del susto y otro de la gran carrereada.

 

“Debo estar loco”, resopló Melquíades. “Los animales no hablan. ¡Debo estar loco! ¡Qué susto!”. “Yo también me asusté”, confesó el caballo. Melquíades no tuvo tiempo de asustarse esta vez, porque desde la avenida Melquíades alguien tiró una piedra y le cayó justo en la cabeza. Perdió la conciencia y quedó tendido en el suelo. Melquíades el caballo, al ver a su dueño desmayado, decidió escapar y se fue a vivir entre cocoteros a la playa Melquíades.

 

Cuando Melquíades despertó, pensó que se llamaba Urbano. No encontró a su caballo Melquíades por ninguna parte y para consolarse se compró un globo de helio, al que le pintó una carita feliz y lo llamó Melquíades.

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