Posts in Category: Libros Simeonísticos

Cuento simeonístico: Laffit el trébol

En un jardín bien común, nació un trébol de cuatro hojas. Él escogió su propio nombre, Laffit, porque la doble F sonaba bonito. A Laffit le gustaba pasear en el convento de monjas blancas, y un día, en uno de sus paseos, comenzó a llover torrencialmente. Un hongo que pasaba por ahí le ofreció refugio. Gracias a la lluvia, Laffit hizo un nuevo amigo, el hongo Buenaonda. Laffit llevaba una vida tranquila, hasta que al lado de su terreno se mudó Pascual, la pascua, quien molestaba a Laffit echándole polvo. El trebolito tuvo que mudarse con Buenaonda. Buenaonda quiso ayudar a Laffit y le sugirió usar la violencia, pero Laffit era pacifista y se rehusó. Sin embargo, semanas más tarde, Laffit llegó donde Pascual. Se veía musculoso, era evidente que había entrenado mucho… …y dio vuelta a la maceta de Pascual en un dos por cuatro. Al voltearse, la maceta se quebró y en el suelo quedaron trocitos de barro. Laffit regresó con su amigo Buenaonda a contarle de su triunfo y que podría volver a casa. También le agradeció haberle enseñado a defenderse. Poco después, llegaron nuevos vecinos al terreno de Laffit. Eran un clan de centavitos, y él fue adoptado como parte de la familia. Uno de estos centavitos le informó a Laffit que ser un trébol y tener cuatro hojas era considerado señal de buena suerte. Pero Laffit no tuvo tiempo de gozar su buena suerte porque lo aplastó un zapato derecho, talla ocho casual. FIN. Patrocinio La Vaquita.

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El elefante Floripondio

Fábula El elefante Floripondio. Al elefante Floripondio le encantaba sobremanera comer sal con mango verde. Moraleja: tome mucha agua. Esta fábula fue patrocinada por moralejas "La Vaquita": toda enseñanza es ganancia.

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¡Cinco años de Simeonístico! (Busque adentro su copia de Hamlet).

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Fábula: El Elefantito Floripondio

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Intermisión: el cuento de Melquíades.

Estimada persona,

Por motivos de software mayor, Simeonístico está en stand-by por algunas semanas. Todos los personajes le mandan gratos saludos y esperan verle pronto. Mientras tanto, aquí hay un cuento simeonístico de antaño.

 

Melquíades: el humano, el hípico y el canino.

 

Don Melquíades era un granjero que iba a una feria, silbando una canción. Horas más tarde, don Melquíades era un granjero que venía de una feria. Y ahora silbaba otra canción. Y atrás de don Melqui venía un caballo que él se había ganado en un concurso. El noble hípico se llamaba Melquíades y era de buen pedigree aguacatero.

 

Mientras Melquíades y Melquíades iban por el camino, se encontraron con una viejita llamada Melquíades. “No seas tonto, Melquíades”, le dijo Melquíades; “tienes un caballo, ¡móntalo!”. Melquíades no lo pensó dos veces y montó al caballo en su propia espalda. No aguantó mucho trecho así y cambiaron papeles. Para don Melqui, era un lujo ir montado en una espalda de caballo. Para el caballo, era un lujo que don Melqui no pesara tanto.

 

Al rato, llegaron a la colina Melquíades, pero en lugar de rodearla, la subieron, porque Melquíades nunca la había subido. En la cima estaba la tienda Melquíades, que era atendida por su propietario. Su especialidad eran las charamuscas. Afuera de la tienda estaba el perro del señor Melquíades, el propietario de la tienda. Melquíades se compró una charamusca para él y otra para Melquíades, su caballo. “¡Que les vaya bien!”, les dijo el perro, que se llamaba Melandro. Melquíades se asustó al oír hablar al perro y montó de prisa a su caballo, al que le hizo bajar a toda velocidad la colina.

 

Ya iban por el valle Melquíades, muy lejos de la tienda, pero Melquíades seguía arreando a Melquíades para que fuera a todo vapor. Hasta que al fin llegaron a la entrada de Melquíades, el pueblo donde vivía Melquíades. Ahí pararon, dispuestos a recobrar el aliento que habían perdido, uno del susto y otro de la gran carrereada.

 

“Debo estar loco”, resopló Melquíades. “Los animales no hablan. ¡Debo estar loco! ¡Qué susto!”. “Yo también me asusté”, confesó el caballo. Melquíades no tuvo tiempo de asustarse esta vez, porque desde la avenida Melquíades alguien tiró una piedra y le cayó justo en la cabeza. Perdió la conciencia y quedó tendido en el suelo. Melquíades el caballo, al ver a su dueño desmayado, decidió escapar y se fue a vivir entre cocoteros a la playa Melquíades.

 

Cuando Melquíades despertó, pensó que se llamaba Urbano. No encontró a su caballo Melquíades por ninguna parte y para consolarse se compró un globo de helio, al que le pintó una carita feliz y lo llamó Melquíades.

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